Una serpiente se ha colado por el retrete de mi casa a la hora de la cena. Sin apenas darnos cuenta se había sentado a la mesa exigiendo un trozo de tortilla de patata y un vaso de cerveza. "Postre no como que por la noche el melón me sienta mal".

Con tal normalidad afrontamos las situaciones en casa.

"¿Puede dormir en mi cama, papá?", dijo mi mayor. "No, hijo, en la habitación de invitados", contesté yo. Y quiero remarcar que dispongo de habitación de invitados.

Pero a pesar de la naturalidad nos quedamos pensando de dónde habría salido la pitón dichosa que comía más que mi cuñado, así que me asomé un poco.

No recomiendo asomarse a un retrete porque corre uno el riesgo de perderse en las profundidades de las cloacas. Y yo convencido de que en Albacete no hay de eso, sino sólo alcantarillas que se mueven o se desbordan.

"Ahora vengo cariño", grité a mi señora antes de lanzarme en un impecable salto del Ángel.

Lo que una persona puede encontrar en las cloacas de Albacete lo dejo para la imaginación porque aquí estoy hablando de cosas serias y verdaderas, como que aparezcan serpientes de pitón en mi retrete.

Al fin salí sin manchas desagradables ni olores acres, con mi señora golpeando con la punta del pie el suelo del cuarto de baño, que vaya horas.

"Cariño, cuando uno se sumerge, se sumerge. Y no veas la cantidad de cosas que he visto".

"Cuenta, cuenta", dijo curiosa. "Pues eso intento", dije haciéndome el interesante.

Por cierto, la pitón acabó con las reservas de la despensa (porque mi casa dispone de despensa separada de la cocina) y se largó por donde había venido con cierto aire de desdén.