Hay días en que las calles, a primera hora de la mañana, huelen a playa.

Cómo es posible este fenómeno en esta ciudad de la Mancha es incomprensible para unas entendederas ajustadas como las mías, pero no me cuestiono el por qué de los fenómenos, sino que aprovecho la circunstancia.

Como acercarme a medianoche a la cama de mis enanos a darles agua o consuelo y notar, de manera incomprensible y en absoluto razonada, que las sábanas huelen a sueño de niño, a dinosaurios, coches de carreras, pelotas chocando contra la pared y plastilina que se incrusta en los dedos.

Ha sido un buen inicio de mañana, con los huesos crujidos del insomnio, la mente turbia de la fiebre y los pies arrastrados de cansancio.

La calla olía a playa, el Mediterráneo se ha colado por las suelas de las zapatillas y repentinamente he sentido el frescor de la arena en la planta de los pies, hasta el punto de levantar mi pie derecho en un gesto reflejo de "uy, qué fría está el agua".

Hay días en que la mejor hora de la mañana es la primera hora, cuando la mente apenas ha recibido impulsos eléctricos de ningún tipo.